Misteriosos presupuestos TIC

La Administración General del Estado (AGE) viene publicando desde el año 1999 hasta 2009, ambos inclusive, durante el primer trimestre de cada uno de ellos, y con mucho detalle, los presupuestos TIC aprobados para cada año. Este hábito, bien considerado en nuestro sector, se ha roto en 2010. Hasta el momento –y estamos ya en el verano, donde proliferan las ralentizaciones en la gestión dentro de la AGE– no se han explicitado, como en años anteriores, las cuantías presupuestarias adjudicadas para 2010, a ministerios y organismos autónomos y sus correspondientes distribuciones. Habrá que achacarlo al desmadre que viene aplicando el Ejecutivo con sus sorprendentes e improvisadas decisiones y correspondientes rectificaciones en materia económica, que también afectan peligrosamente, con recortes y más recortes, a la AGE. Es una secuencia, la de los recortes, que parece no tener fin y, presumiblemente, por ello, los responsables de hacer públicos, cada año, los presupuesto TIC aprobados, no se atreven a comunicar un día lo que, posiblemente, quede sin validez un breve tiempo después.
Inmersos en una situación de economía compleja –no se aportan ideas claras ni se sabe ciertamente en qué posición nos encontramos con el agravante de que el Gobierno transmite improvisación permanentemente– los gestores TIC de la AGE profesionales, no los de tránsito, están padeciendo –desde hace ya demasiado tiempo– una incertidumbre galopante en cuanto a recursos, continuidad en el puesto y clara definición de objetivos, en la que no se aprecian síntomas de poder superarla con algún tipo de garantía. Los misteriosos presupuestos TIC para la AGE en 2010 son tan susceptibles de ser cambiados sobre la marcha que, al parecer, nadie se atreve a firmar la última versión para ser publicados. Esta falta de concreción está contribuyendo a que los gestores TIC de la AGE no sean capaces de hacer propuestas –aunque las estimen necesarias o, incluso, urgentes– por la desconfianza a que pudieran prosperar y llegar a materializarse. Mientras tanto, esos profesionales tienen que escuchar estoicamente la ya archirepetida cantinela de que hay que hacer más con menos. Lo cual se puede interpretar, también, de que en épocas anteriores se han permitido el lujo de trabajar intermitentemente o no han sabido optimizar los recursos disponibles. Del pregonero, el mal político se puede esperar cualquier cosa.

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